INICIO DEL SALON DE LA FAMA

EL PRIMER DÍA DEL SALÓN DE LA FAMA ORIGINAL

Por Ricardo Velázquez Jr.

Pareciera que el tiempo no pasa porque vivimos como si las hojas del calendario fueran una eterna sucesión de días y noches rutinaria, pero cuando un plazo se ha cumplido, o una fecha ha llegado, entonces nos percatamos que ya han pasado cinco, diez y hasta más años. Por eso hoy, en la inmensidad del tiempo y el espacio, hago cuentas y concluyo que ya han pasado muchísimos años desde aquella memorable fecha que conservo en lo más íntimo de mis recuerdos; la inauguración del Salón de la Fama del Béisbol Profesional en México.

Efectivamente, el tiempo se va sin sentirlo y muchas cosas han pasado desde ese célebre día. Fue un sábado 10 de marzo, el año; 1973. Para mí era una fecha muy esperada, deseada. Desde el viernes me había preparado con las cintas de la grabadora que iba a llevar, las pilas, la ropa que usaría, etc. Todo esto era muy importante para mí en especial, ya que el proyecto aprobado había desfilado ante mis ojos desde el escritorio donde trabajaba mi padre, a lo largo de varios meses del año de 1972. En él se veía el material que trabajaba; fotografías de un cuarto de paredes blancas, objetos antiguos de viejos peloteros, fotos de jugadores con sus pertenencias, gráficas de albañiles levantando una construcción que poco a poco iba tomando forma, escritos en papel que después aparecían en las páginas del Superhit firmadas por Ricardo Velázquez Gómez, o sus seudónimos; Ricardo Morán y Ramón Vera Gómez.

Servidor había estado presente en los partidos de local del Monterrey desde la temporada de 1972, especialmente en los dobles juegos de los domingos, cuando se invitaba a los equipos visitantes a una comida en los jardines de Cervecería, entonces, futuro sitio que albergaría el Salón de la Fama, el cual era un simple proyecto en fase de maqueta y en esas comidas se hablaba de lo que sería el Templo de los Inmortales, todo eso aumentaba sin saberlo mis expectativas por algo que no estaba, pero que sería lo más grandioso del béisbol profesional mexicano.

Muchas veces platicaba con mi padre del tema de la construcción del Salón de la Fama, como había iniciado la idea, como un viejo sueño de Fray Nano, de formar un lugar donde se honrara la memoria de los mejores jugadores de nuestro béisbol, que ahora se cristalizaba. Me encontraba al tanto de todo lo que estaba aconteciendo quizá de la manera más completa que nadie de mi edad.

El día se llegó, era el primero de muchos, muchos más que tendría el honor de estar en el Salón de la Fama y fue una gran celebración.

Personajes de prosapia del béisbol se veían por doquier en los jardines de Cervecería. Mi padre grabadora en mano archivaba en audio las palabras de personalidades como el señor González Caballero, Beto Ávila, Bowie Kuhn, Manuel Ontiveros, Raúl Mendoza, Ernesto Carmona, y muchos más, que eufóricos vertían sus opiniones sobre el gran acontecimiento.

En lo que es el estacionamiento, colocaron una gran cantidad de sillas, unas de cara a la fachada del Salón de la Fama, otras muy cerca, y otras tantas en la parte lateral, que poco a poco se fueron llenando de invitados. Las mesas del Presidium estaban sobre una plataforma y en la esquina del jardín se había habilitado un palco para cámaras de los medios de comunicación.

El sol pegaba a plomo en un clásico mediodía sabatino primaveral regiomontano y los primeros entronizados estaban allí con sus familias, felices de ser testigos de ese momento en que entraría a la inmortalidad lo mejor del béisbol desde sus inicios hasta esa inolvidable fecha.

Fue una ceremonia protocolaria, llena de la formalidad propia de la época, provista de una palpable alegría, de orgullo y satisfacción por estar realizando una meta muy alta, que quizá en estos tiempos, acostumbrados a que estuvo allí el Salón de la Fama por 39 años, se nos haga muy normal que exista, pero entonces era visto diferente, era la consumación de un caro proyecto, la satisfacción de tener una institución grandiosa que honre las glorias de los beisbolistas de todos los tiempos, obra que debería ser un orgullo para todo el béisbol mexicano y más para los regiomontanos, que tenemos la suerte de ser la sede de algo tan importante.

El maestro de ceremonias presentó a las personalidades del Presidium, las cuales fueron; en representación del Lic. Luis M. Farías, Gobernador Constitucional del Estado, el Lic. Arturo Suárez Luna, Secretario General de Gobierno, el Lic. Julio Camelo Martínez Presidente Municipal de Monterrey, el Gral. Antonio Limón Jara Comandante de la Séptima Zona Militar, quien fue el encargado de izar la bandera, el Sr. Don Alejandro Garza Laguera, Director General de Cervecería Cuauhtémoc, el Lic. Antonio Ramírez Muro, Presidente del Béisbol Profesional, Bowie Kuhn, Alto Comisionado del Beisbol de Grandes Ligas y el Sr. Horacio López Díaz de la Liga del Pacífico.

Se realizaron los honores a la bandera con una solemne banda de guerra que enmarcaba el momento. Después se dieron los mensajes de estas personalidades entre los que podríamos destacar el de Don Alejandro Garza Laguera, quien le decía a la gente de béisbol que «Este Salón de la Fama es de ustedes, nosotros sólo somos, con gran orgullo, sus custodios». O del Lic. Antonio Ramírez Muro que expresaba «Esto ya es, señores, una auténtica realidad, y no se inicia y termina aquí una obra, sino que se principia una gran responsabilidad. O el mensaje de Bowie Kuhn quien decía en su idioma nativo que «este evento marca el principio de un nuevo periodo para su país» y remataba con un «Muchas gracias amigos», en un mocho, pero original español.

Mencionaron uno a uno a los entronizados de ese día. Dieron sus mensajes, ellos o sus representantes, como el del finado Jorge Pasquel, que lo dio su hermano Bernardo, recibieron todos ellos sus placas que los acreditan como inmortales del Sagrado Recinto y se declaró inaugurado el Salón de la Fama.

Fue cortado el listón simbólico, se tomaron muchas fotos, pero hubo un momento histórico que quedó plasmado en el tiempo con aquella fotografía clásica del peloterito de la Liga Cuauhtémoc, Hipólito Flores Olguín, encendiendo el pebetero del Sagrado Recinto y nosotros en derredor.

Era la inauguración del Salón de la Fama que iniciaba labores oficialmente al encenderse la flama que estuvo hasta la remodelación que se llevó a cabo en 1997, dando lugar a la plazoleta y la nueva fachada.

Desde aquel sábado inolvidable muchas cosas han pasado. Muchos nuevos inmortales han llegado, nuevos directores también, millones de visitantes, huéspedes distinguidos, y el lamentable cierre del Sagrado Recinto, pero el recuerdo de ese grandioso primer día en el Salón de la Fama, el día de la inauguración, ha quedado como un instante suspendido en el tiempo.

Tengo el gastado audiocasette en mis manos, así como viejas fotos archivadas, pero más fuerte es el recuerdo imborrable que llevo tatuado en el alma, en la mente y en el corazón de ese momento. Parece que fue ayer cuando vivimos nuestro primer día, pero fue el lejano sábado 10 de marzo de 1973. “El día que jamás se olvidará”…

 

 

Fotos: Archivos de la Familia Velázquez

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